de pie y de perfil;
con un cuaderno descuadernado.
Su mirada en un lunes perenne.
Sus pies enraizados en el asfalto.
Entre la pluralidad de pisadas
un corazón hecho estragos.
Sobre sus hombros:
un cielo azul.
¡Límpido!
(en el que su reflejo ni tan siquiera se pierde).
Su piel comprimiéndose al ritmo de una febril inquietud.
Su cuerpo empequeñecido en el presente.
Sus manos atisbadas de deseos y recuerdos.
Y sus labios…
sin poder decir: “Te amo”.

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