Acércate.
Enséñame a leer tus carnes.
Echa tus nasas y recoge las rocas de mi estanque.
Desnúdame,
que tengo ansias de permanecer impávido en la bruma de tus labios;
de encender el candil de tus brazos;
de añejarme entre tus palpitantes manos.
Revélate.
Espera la llovizna de la madrugada.
Siéntate a mi lado.
Afina el barullo de tus tiernas nalgas.
Quítate los zapatos.
Moldea el roce de mi cintura en tu espalda.
Obsérvame callado.
Hazme alcoba en los bejucos de tu falda.
Convídame a un sorbo de tu concupiscencia.
Olvida los trastes.
Enfilemos las naves.
Derribemos estantes.
Sudemos los efímeros amores del pasado.
Ven.
Templa el monte recién nacido del deseo.
¡Qué el alba ya reencarna!
Ven.
Inunda mi silencio
con tu cachonda fragancia a naranja.
Ven.
Dormitemos apretujados.
Desvelemos las ganas.
Dispénsame un arrechucho más allá de la incandescencia de mis muslos.
Redescubramos el arcano recelo.
Tras del monzón,
persistamos yuxtapuestos;
taciturnos en el lecho de nuestros jugos.
¡Anímate!
Esta noche,
no tiene otro rumbo
que el domicilio de nuestros cuerpos.

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